Doke
25/05/07
12/05/07
autofagia
Dos años; casi quinientas entradas, la mayoría con sudor.
Las palabras son infinitas, pero las botellas no.
por Bardamu a 10:21 AM
29/04/07
juegos
Hasta el día de hoy no se ha conocido a nadie que pueda derrotarlo.
por Bardamu a 7:21 AM
24/04/07
dipi, chau
Hace unos pocos días, desde aquel Tandil tan nuestro, Armandito me enviaba un par de enlaces sobre el Dipi: uno escribiendo él mismo sobre el viejo polaco escandaloso; otro, un esbozo del gnomo rezongón.
por Bardamu a 6:34 PM
16/04/07
corticoides
Alguna vez lo dijo Gide. Otra, lo citó Claudio Magris. Céline lo sabía muy bien.
El viejo maestro del Doke, siempre que lo dejan, lo reafirma:
Con los buenos sentimientos no se puede hacer literatura.
Que nadie pretenda ahora dorarnos la píldora.
por Bardamu a 10:08 PM
13/04/07
lo insoportable
Pensé entonces que quitarle importancia a la muerte es lo verdaderamente insoportable. Ni el amor, ni el odio, ni nuestra comida, ni nuestra casa, ni nuestro silencio, ni nuestro grito son capaces de conjurar la furia crepuscular de la impotencia de morir. Pobres infelices, creemos a veces que el reemplazo de un muro por otro muro puede ser suficiente para reafirmar el paso. No hay enmienda para semejante error. Y un día, sencillamente es demasiado tarde.
Algunos mienten por conveniencia. Otros por ignorancia. Mirando a Robinson, razonando su arduo morir, pude mentir, nada más que para soslayar la desintegración y el fastidio. Sobre todo, la muerte no es insoportable, repetí, bajando la mirada.
por Bardamu a 10:03 PM
10/04/07
la otra mirada
Pero mucho antes de todo esto, antes de los arrepentimientos, anterior incluso a la hora más cerrada de la noche, ella ahogó su ternura y su esperanza en el fondo más infame de un lago solitario.
por Bardamu a 9:47 PM
07/04/07
la muerte, por detrás
La murga de tu muerte talonea el borde
de las constelaciones,
danza, impúdica y brutal, en los acantilados
descubiertos de tu nuca,
en ese cuadrante del cráneo
donde habita la espera, la esperanza.
Chirle, como ceniza por dentro descifrada,
estalla jadeante, sin amparos, cerril, tu muerte.
Chorrea cápsulas, confisca sueños,
cortesana voraz, buscona, comadreja ciega
que acecha desde zanjones encubiertos.
Vigilante soez, se arrastra bajo lápidas de miedo
y vitrales percutidos; mofa, guasa, absurda, miserable.
Toscamente bordada de hollín y mugre, tu muerte.
Crecida de metal y farsa, azufre y rabia, tu muerte.
En los frenillos de uniforme renquea tu muerte
embozada en océanos de memorándums, órdenes,
crucifijos, declaraciones, seccionales, ministerios.
Muerte tuya que restalla invocaciones de apuro,
muerte a relámpagos, inabarcable.
Muerte sin pancarta ni asamblea,
sin balance de actividades ni circular interna,
sin reunión, sin propuesta, sin partido ni sindicato
Muerte solidaria, la tuya, despojada muerte.
Muerte de tiempo en rodillas.
Saldo bastardo del terror, desbocado
retazo de las horas marchitas.
Piel yacente,
atravesada por la penumbra del dolor,
piel grávida de ausencias.
Muerte invicta:
abruma hasta el hartazgo de las glándulas,
segrega sudarios torvos
donde se coagulan las convulsiones de la tiza,
donde la verdad nunca se borronea en apuntes,
donde el silencio dicta y toma examen,
donde labios nacidos para el grito (para el beso)
acaban sellados con tigres de cal y espanto.
Anda sin compasión el carnaval de tu muerte,
sin tímpanos; se arrastra desde atrás,
porque la cobardía sólo conserva el lado de atrás.
Decir NO es una maravilla que puede costar la vida.
Sinuosa muerte que agujerea la vida,
agujerea con vértigo, volutas de humo feroz
brotan debajo de un pizarrón olvidado
y coágulos de sangre y agua y sangre
ocultan el cuadriculado de los cuadernos.
Antes, no fue posible tu nombre.
Par de palabras que la muerte hurgaba.
Aunque garabateabas en los andamios
valencias de improbables óxidos y alquimias,
el balanceo ácido de las revoluciones,
los arcoiris de la memoria transeúnte,
no supimos, antes, de esa muerte, tuya.
¿Cómo descifrar pizarrones de cemento
y águila, medusas en tiza colorada,
tablados para las piruetas y las confesiones rebeldes?
¿Con qué zapatos escabullirse al lacrimal porfiado,
al reloj que arroja desafíos de campanas
sobre todo el señorío enmohecido?
No supimos hasta ahora de esta muerte tuya.
Hasta ahora, cuando es la muerte quien te nombra.
Cuando es tu nombre gritando a la muerte
que asoma, por detrás;
Pica de alpinista, cuña lacerando
tu carne, por detrás;
granada de mansalva, escopetazo
a desgarrón, por detrás;
empellón al tiempo, hendidura
a garrotazos, por detrás.
Por detrás avanza tu muerte como un bulto travestido.
Amaga, por detrás, el manotazo hipócrita y feroz, untuoso.
Por detrás apunta su lacerado gorgoteo sin capilla.
Por detrás te invade, por detrás penetra, perfora, por detrás.
El aire huele cárdeno: una hendidura inescrutable,
hueco sin fondo para la ternura, noria de sangre,
fatiga lágrimas y esgrimas en la palabra ausente.
Nuestros ojos encerrados con pólvora y humo
arañan vergüenzas de lógicas y placentas.
Emboscada en prisiones de amianto va tu muerte.
Otra muerte, tuya, nuestra.
Nunca sabremos qué hacer con cada muerte nuestra.
Alguna lluvia, entumecida, clausurará órbitas
y celebraciones con una cruz de acero.
Pero la calavera sulfúrica de tu muerte
jamás habrá de exhibir crespones negros
ni fístulas de indulgencia en las solapas.
por Bardamu a 10:39 PM
05/04/07
confesiones
Esa vez habíamos abandonado las cotidianas y plebeyas mesas del boliche del Chueco Eduardo camino a un ámbito con mayor magnificencia. Buscábamos una especie de pizzería Real. Un sitio emblemático para ajustar algunas cuentas. Alguno de nosotros pudo recordar aquella desgraciada casa de comidas donde hace más de cuarenta años fueron baleados el Griego Blajaquis y Juan Salazar; el mismo día en que, como es sabido, también se resolvió en balas la interna metalúrgica sobre la turbia figura de “simpático matón y capitalista de juego” de Rosendo García. Pero hoy en día no sobrevive nada con cierta o fingida realeza entre los escondrijos del Doke, y menos todavía en los aledaños de Avellaneda. Además, nuestros pequeños ajustes tienen escasa relación con los tiros, los matonajes y las jerarquías de sangre. De modo que acabamos la tarde y comenzamos la noche en uno de esos tugurios abarrotados de humos que invitan al desconcierto acogedor de los tragos interminables. Cuevas de alcohol y conversaciones en voz baja. Con el piso enchastrado de lamparones indescifrables y el baño tan encerrado en la oscuridad como una tumba centenaria y oliendo escrupulosamente como ella.
Cuando se terminó el oporto llegó el marsala; después, todos desfilábamos ante el tinto de la casa, más generoso y abundante que los otros dos. Nunca sabemos por qué nos exponemos a peligros que son permanentes, había dicho, bastante antes, Robinson: existe demasiada energía a nuestra disposición. Energía que se va adaptando a las convicciones más antiguas, inundándolo todo. Así, las cosas van aceptándose como si hubieran existido desde siempre. En ese punto fue cuando nuestro visitante ilustre -y el motivo peripatético fundamental de nuestro escape y abandono de las celosías del Doke-, lo interrumpió. Usted perdone, dijo, levantando apenas la mano que sostenía, todavía con relativa firmeza, una copa casi llena de vino. Delgado hablaba siempre con muy poco énfasis, como si las palabras tuvieran para él una especie de tímido concubinato o necesaria discreción. Usted perdone, repitió: pero nosotros estamos aquí y nosotros bebemos, estamos aquí, un poco alegres y también un poco tristes, estamos bien de salud y tenemos algunos malestares, la plata nos alcanza, nos dura para invitarnos toda la noche, aunque se acabe en algún momento, y tenemos muchos llantos y lamentos contenidos, y también llantos y lamentos expresados. Esperamos aquí, sin movernos, durante horas, sabiendo que nada esperamos y, mientras tanto, en otros lugares las personas mueren como moscas, aplastados como moscas; eso debería darnos un poco de vergüenza o alterarnos un poco, pegarnos un poco el asco. Las palabras de Delgado sonaron todas con la misma intensidad. Ni un decibel más ni uno menos en cada una de ellas. Después el visitante ilustre llevó la copa hacia sus labios y calló. In vino veritas, citó Gordo Valija pasado un momento y yo pensé que eso no quería decir que la verdad se oculte en el vino, sino que el esfuerzo del vino hace aparecer aquellas razones que se gritan desde siempre, pero son casi inaudibles. En muchos lugares hay pueblos que desaparecen de la noche a la mañana, dijo entonces Robinson, y las personas nunca saben cómo es que quedaron expuestas a tales devastaciones y nada pueden hacer. Miró a Delgado con algo de desprecio: ¿y por qué se queda aquí, bebiendo y suspirando, si tanto le preocupa que se mueran como moscas?
No piense que soy hipócrita, dijo Delgado, en el mismo tono de siempre. El peligro de que mueran personas está en todas partes y por todas partes mueren personas. Hablamos porque somos insolentes, o porque somos cobardes. Gordo Valija protestó: insolentes sí, cobardes no se lo acepto; además Robinson es un héroe.
A esa altura de las palabras fue cuando Robinson dijo aquello de dimitir la heroicidad y lamentó la ausencia de espacios y testigos para hacerlo. Pero de algún modo sabíamos que las botellas incitan a olvidar el futuro y, a veces, a esquivar la mugrosidad de los presentes. Sin duda fue pensando en algo como eso, y también por apreciar con detalle los dibujos absurdos con que la humedad ilustraba las paredes de aquel antro, que el viejo Matías, hasta entonces silencioso, apoyando un brazo sobre los caídos hombros de Robinson, le respondió: este es un prodigioso lugar para los saldos finales y la abdicación de inútiles heroicidades. Todos asentimos. Delgado también asintió y después dijo: no hay que sentirse muy mal por lo que nos sucede, pero tampoco del todo bien. Toda esa psicopatía nuestra es innegable, aunque un poco ciega. No sentimos dolor y lo sentimos, seguramente es un dolor que casi no duele, o que sabe ocultar su doler. Robinson tomó una botella y llenó su copa y la de Delgado. El horror siempre acarrea un poco de reconocimiento, dijo, y nuestra embriaguez se enlaza con aquella última de Nietzsche, consumando su destino en Turín. Delgado y Robinson alzaron apenas la copa, invitándose. Gordo Valija contuvo, a medias, un eructo vidrioso, eructo que se repetía como mal designio del destino. Creo que dije algo acerca de la imprudencia de la belleza y de las confesiones ebrias. En la trama nebulosa del vino se entremezclan cualidades y tiempos, dijo Matías, todavía conteniendo a Robinson en el abrigo de su abrazo: sueño y despertar, palabra y silencio, muerte y vida, noche y mañana. Es por eso que sólo entre la bruma del vino podemos apelar a una incierta confesión amistosa, una recusación sin penitencias.
por Bardamu a 10:45 PM
25/03/07
desgarrón
Si pensaba en su infancia, la recordaba en colores. Cromatismos sin imágenes que se movían con exacerbado desequilibrio. Aunque con el paso del tiempo aumentó de peso y se lo apreciaba menos inquieto, Robinson parecía anclado a una apretada cadena de pesadumbres. Cuando su mirada bordeaba los contornos de las habitaciones húmedas, las puertas metálicas y sin cristales, los mosaicos raídos por los orines y los desinfectantes, sus ojos parecían exclamar: ¡Aquí adentro hay miedo! Y esas palabras concentradas valían tanto para los muros imponentes del manicomio como para el lecho más insondable de sus entrañas. De vez en cuando los colores infantiles lograban rebasar el esmalte cromático de esa ausencia convulsa y parecía comprender que la amargura propia nunca es tan grande como para liberarnos del acoso de la amargura de los demás. Entonces algún retazo del recuerdo aparecía como vivencia nítida. En una de esas ocasiones fue cuando nos contó acerca del desollador de Weng.
Es el pueblo más sombrío que he conocido jamás, dijo Robinson. Enclavado en las grietas de una fabulosa montaña, Weng se compone como un desgranado de pequeñas casas al que no se puede llegar sino caminando. Edificadas sin proyectos ni cordura las casas parecen apoyadas en la piedra con la disposición de un patriarca enloquecido. Algo de eso ha de haber, dijo Robinson, porque la sensación que se tiene es que las casas no fueron construidas alguna vez, sino que nacieron azarosamente desde los intersticios de la piedra misma, como brota la hierba dañina. La estación de tren lo deja a uno a cinco kilómetros que hay que hacer a pie, subiendo en medio de un orfeón de aullidos y gruñidos que estremece el ánimo. En Weng, como en el Doke, dijo Robinson, viven más perros que personas, y poco a poco se va descubriendo que en ese lugar todo parece incómodo a propósito. Es un poblado sombrío donde la alegría parece no acercarse jamás. Una risa allí puede ser pensada como algo escandaloso, en especial porque en todo el pueblo no hay nadie que pueda reír alegremente, con la excepción de una persona. Ahí me enviaron mis padres, siguió Robinson, por consejo del médico, para recobrarme de una disnea persistente y para aprender nociones de dibujo y de plástica con un viejo artista, ya retirado. Allí, también, conoció al desollador, el único habitante de todo el pueblo de Weng capaz de reír, o de entonar canciones de alborozo. Aún cuando sus manos manchadas de pequeños coágulos delataban su destino terrible. Robinson recordaba, en particular, unos versos que le escuchara al desollador y que nos cantó repetidamente, en todas la mañanas, durante una semana completa:
Por la boca y por el culo
tira el infierno la cuerda
por eso el hombre a quien tira
es imbécil como un mulo.
Después de unos días de atosigarnos con la canción al Gordo Valija, a Matías, a Luciana, a mí y a todos los que por una razón u otra cruzaba en su camino, dentro o fuera del loquero, Robinson, o bien porque los olvidó o bien porque ya no le causaban gracia ni inquietud, nunca volvió a entonar esos versos cantados por desollador de Weng. Del pueblo y del mismo desollador, en cambio, solía hablar de tiempo en tiempo, pero siempre como si estuviera haciendo esfuerzos indecibles por no abandonarse al desaliento. No lo supimos entonces aunque bien pudiéramos haberlo presentido: el mismo abismo que desgarraba los pensamientos de Robinson se interponía entre él y todos nosotros. Otro desollador, mucho más poderoso y menos tangible que aquel de Weng, nos separaba de Robinson como a carne y piel con un tajo insuperable. Tamaño desgarrón no tenía posibilidad de compostura. Sólo aquella mujer final, despechada y furiosa, comprendió claramente lo que Robinson trataba de decirnos todo el tiempo: lo que se interpone entre una persona y otra es la vida entera. Nada menos. Tal vez fue por eso que la mujer, desesperanzada para siempre y abandonada al remolino del olvido, hizo lo único que le era posible hacer: dispararle.
por Bardamu a 2:24 PM
15/03/07
excepción
Existió en la Argentina, sin embargo, un presidente que podía citar a Virgilio, a Bacon o a Galileo sin tener que ruborizarse: Sarmiento. Persona que trajinó desde la pluma para erguirse en el pensamiento y la creatividad transformadora: los que pretenden la gloria de llamarse una nación deben vivir en el porvenir lejano, más allá de donde alcanzan nuestros ojos. (Hubo también otro presidente que, además de hacer historia de alboroque, como supuesto literato escribió una colección de rimas para el ditirambo y se impuso traducir la Divina Comedia, cosas ambas no indignas de ser recompensadas por el Dante con algunos de los premios de su infierno católico, al decir de un crítico insobornable).
Es verdad que Sarmiento a veces citaba de memoria y no siempre con justeza; que de cuando en cuando retorcía la palabra con fervorosa consagración hurgando por el triunfo de la emoción y el pensamiento a cualquier precio. Pero basta con repasar su discurso de homenaje a la memoria de Darwin , de 1881, para apreciar la colosal distancia entre este hombre de infatigable pasión prometeana y la caterva de retardatarios, apostólicos y farsantes que conforma el panteón desilustrado de gobernantes argentinos, de todos los tiempos.
La hermosura ha nacido para triunfar hasta de la estupidez, supo decir Sarmiento. Sin duda que para nuestro tiempo su pensamiento caduco sea únicamente una fuente para la curiosidad histórica y la leyenda marchita. Pero queda el resto, intacto: abundante palabra de intensidad y aurora, estilo de alerta, de júbilo para todos los días.
por Bardamu a 9:39 AM
09/03/07
del día después
¿Por qué un ser que conjuga sus emociones con una pelota de fútbol puede considerarse a sí mismo más sensato y decisivo que las palomas o los castores? El hombre podrá tal vez liberarse de muchas cadenas, pero difícilmente logre escabullirse a su estupidez de rinoceronte, capaz de recorrer distancias inimaginables con la ñata pegada a los aromas irreductibles de una vagina.
Por sobre todo, la naturaleza nunca ha sido una república democrática: el entronamiento coronario del falo no sólo está fundamentado en las patrañas sublimes de la teología o en la división social del trabajo. Lo sustenta el designio fundamental indicado a la hembra: su papel protagónico en el desarrollo del feto y el espanto del alumbramiento.
Sólo el despliegue absoluto de lo femenino pondrá en juego la plena liberación humana. Pero eso ha de ser posible a condición de que la mujer pueda extrañarse para siempre de su estigma reproductivo. La cumbre social del macho morirá definitivamente cuando agonice el último abrazo de su complementario, es decir, cuando la mujer asesine a la hembra que arrastra, cerrando para siempre las puertas al desquicio de la reproducción.
En tanto ello no ocurra, los hombres seguiremos justificándonos socarronamente y con nosotros a la humanidad presente bajo el amparo de intrincadas derivaciones psicológicas, sociológicas o metafísicas a modo de paliativo. Y, como en el exultante Renacimiento, continuaremos entonando cantitos de alabanzas a las infinitas bondades del contorno femenino.
Una garganta y un blanco cuellito.
Abajo, dignos de aprecio, dos senitos
de azules venitas adornados.
por Bardamu a 9:07 AM
22/02/07
temporalidad del sueño
El problema, por así llamarlo, se afirmaba en que Robinson pretendía vivir efectivamente todos sus sueños. Es verdad que uno debe intentar conjurar sus ilusiones siempre antes de enfrentar el aliento de una calle abrumadora, o al ascender con pereza a un colectivo inútil, o anticipándose a la espera desquiciada en una hilera complaciente de personas que aguardan turno para cubrir el saldo de la tarjeta de crédito. Pero Robinson siempre tuvo el convencimiento de que todos los hechos –incluía también ahí a los sueños- tenían algún trasfondo curable, un costado que se dejaba revertir. En vano el viejo Matías solía repetirle, para desalentarlo, que existe una especie de desasosiego implacable que nos atemoriza a todos. Somos incapaces de consumar la ilusión que hacemos carne en nosotros mismos. Es posible que a tal desasosiego se lo pueda encontrar al final de la noche, afirmaba Matías. Sin convencerlo nunca, porque a Robinson no le estaba permitido reflexionar sobre los límites, los extremos del intelecto, o acerca del tiempo acumulado. Tales asuntos jamás fueron naturales a su pensamiento. Ni él mismo hubiera deseado que lo fueran. Robinson vivía horrorizado por esa impotencia para encontrar algún tipo de paz consigo mismo; por el traslúcido y eterno presente en que arrastraba su hastío.
En lo que Robinson nunca quería llegar a convertirse era en un viejo de mierda. El envejecimiento es el más trágico infortunio, decía. Tampoco hubiera tenido la voluntad suficiente como para encerrarse en un cuarto aislado, forrado en paredes corcho, para desde allí disputarle el vuelo al tiempo transcurrido por medio de la palabra. No era capaz de hurgar por ese espacio inmaculado desde donde fuera verosímil reencontrarse en el tiempo al envejecer. Un sitio para invocar la conjuración con las cosas más insignificantes, con los recuerdos menos sagaces. Robinson, como aquel desconocido caminante de la calle Corrientes que acostumbra a ser citado en ciertos ensayos de crítica literaria, tampoco había sentido la necesidad de leer a Proust. Conocía muy bien, en cambio, la paradoja con la que Russell pretendió romper el orden del tiempo. El pasado no existe porque ya se ha ido. El futuro tampoco, porque todavía no ha llegado. ¿Entonces todo es puro presente? Así parece. Pero la verdad es que el presente no posee en sí mismo ningún espacio de tiempo; más bien está conformado apenas por un poco de pasado y otro poco de futuro. De modo que es probable que el presente tampoco exista. Así, es fácil convencerse de que verdaderamente lo que no existe es el tiempo. A estas circunvoluciones sospechosas en la mente de Robinson, el Gordo Valija solía responder que el tiempo es apenas un concepto, no su propia realidad. Pero el Valija nunca ha encontrado verdaderas satisfacciones en las categorías metafísicas. Y es sabido que este tipo de pensamientos, germinados desde alguna mutilación en los instintos, aparecen siempre alardeando expresiones de confianza exageradas. Las mismas que en las personas desdichadas hacen las veces del amor.
En el fondo: toda lucidez atenta contra la vida.
Ahora, cuando Robinson forma parte de un banquete en el cual, como cuenta una antigua vacilación inglesa, no es él quien come, sino que es comido, podría afirmarse que la vejez es implacablemente dramática y por lo general le agradan las metáforas. Sin embargo, casi con seguridad no sea el tiempo la medida de la ausencia de intensidades, sino el amor. Al tiempo uno se le puede escapar: es posible convertirse en un escéptico para desplazar la decadencia. Pero el amor intima vehemente por cierta vocación de guardar todo para otro momento, en un futuro que sí está permitido. El amor siempre nos hace trampas ingenuas. Por eso cada día que pasa estamos, fatalmente, mucho más solos.
por Bardamu a 11:49 AM
16/02/07
zona de tránsito
“Las fronteras entre vivos y muertos no están herméticamente cerradas: persiste una franja opaca, una zona de tránsito. Si es posible que las personas –sobre todo las infelices- tengan la sensación de que hay algo como la muerte en vida, es factible que lo contrario también exista”.
por Bardamu a 7:02 AM
02/02/07
significados
En otro despliegue del tiempo Robinson pudo haberse escapado del par de balas que le reventó las vísceras. Pudo, por ejemplo, haber intentado subir unas escaleras mal dispuestas, borracho o drogado, y trastabillar ligeramente, con un pequeño quiebre. Un falso ademán que no llegaría al pasamanos, la transparencia de una caída torpe, un golpe estúpido en la cabeza hubieran sido suficientes para que su cuerpo entrara en falsa escuadra. Indiferente de todo y de todos indiferente no llamaría sino apenas la atención. La muerte tan sólo como prolongación destajada de una vida demasiada expuesta a los tropiezos.
Pero llegó un momento en que para Robinson todo sueño terminaba siempre en una forma detestable, en un vértigo que lo obligaba a apoyarse en huidizos momentos de soledad, en un tiempo sin desenlaces. La soledad, nos dijo una de las pocas veces que no logró contenerse, no es otra cosa que la posibilidad de morir sin que nadie se entere. Seguramente Matías, o yo mismo, le respondimos que no son necesarios los suicidios para desentrañar el significado de la soledad. Sin embargo rebuscaría porfiadamente en sí mismo algún pequeño aliento para no quedar desnudo ante el vacío de las palabras. La única verdad de este mundo es la muerte, hubiera sido capaz de afirmar, siempre se está forzado a elegir: o se mata o se muere. Lo cual, en cierto modo, justifica su desafío a los disparos. Porque Robinson, carente de heroísmos pícaros y cargando las cobardías de todas las esperanzas absurdas, nunca se hubiera podido matar.
por Bardamu a 3:14 AM
22/01/07
balas
Robinson casi no sangraba, le comenté al viejo Matías. Y el chofer del taxi estaba más preocupado por alguna posible mancha de sangre sobre el tapizado que por arribar rápido al hospital. Robinson lloraba. O parecía que lloraba: por el odio explosivo de una mujer o por lástima hacia sí mismo. Matías aspiró fuerte, por la nariz. Su silencio hablaba por los tres. Palabras inaudibles que parecían inmiscuirse entre la brutalidad de las heridas, la agonía y nuestras propias desconfianzas. Al rato, dijo: en el fondo, Bardamu, la lástima es una expresión enferma del conocimiento.
Un poco antes habíamos estado palpando el desvanecimiento de Robinson: la inconsciencia lo atacaba desde atrás, como para robarlo. Se desvirtuaba en agonía toda verdad falsificada. A Robinson se le escamoteaba el aliento, atrapado impiadosamente entre las cosas que más detestaba: insignificancias personales, pequeñas mezquindades, un presente infinito. Un presente todo consciente, recuerdo que pensé.
Frente a mis ojos, le dispararon. Una mujer hastiada y de tobillos demasiados anchos. Una hembra capaz de ocultar sus vicios y egoísmos con destellos de placer. Dos veces. Desde una distancia tan corta que los estampidos ahogaron los gemidos y el asombro. ¿Cómo fue posible, así de fácil? ¿Tuve conciencia entonces de lo que estaba ocurriendo? ¿Pude haberlo impedido? No debiera pensarme en culpa alguna de la cual arrepentirme. Sin embargo, cierto remordimiento asoma amenazante, perturbador. Toda una vida arrastrada en el barro, desperezándose en un escepticismo armado, de carne, Robinson. Destinado a la desdicha.
Así de fácil, repitió Matías. Las personas no son una respuesta, nadie desea que se le abran los ojos. Robinson, sobre una inconciliable camilla de la guardia del hospital, despedía un perfume indigno, de sangre o de muerte. Olor de alucinaciones que no tienen dónde aferrarse, perdidas entre el miedo y la oscuridad. Dos agujeros sucios, en el cuerpo. Tumulto y aflicción. Ahora soy otro, dijo en un retazo de conciencia escapada. Como crecido un siglo más tarde. ¿Por qué están cavando ya mi tumba si el entierro no es hoy, ni mañana? Fuera del hospital, algunos perros ladraban. Quería preguntar algo, dijo también Robinson. ¡Pero todo está tan saturado de color a cadáver! ¿Podrán alguna vez perdonarme por haber llevado tan lejos mi sentido de humanidad?
Balas despechadas, le susurró el practicante al médico de guardia, marcando con el mentón un gesto resignado hacia Robinson. El médico resopló. Después, una enfermera inmaculada y de expresión adusta nos hizo salir. En sus manos cetrinas danzaban agujas, sondas, fluidos, gasas. No pude mirarle los ojos. Mientras abandonábamos a Robinson pensé que detrás de esa enfermera venía otra, y tal vez otra más. La última, con un rostro parecido a la mujer de los disparos, traía en sus manos una pequeña etiqueta celeste, con el nombre del herido, un número y un hilo delgado que colgaba y que deseaba enredarse para siempre en el dedo gordo del pie de nuestro amigo.
por Bardamu a 11:49 AM
15/01/07
sarabande
Tilo, me interrumpe Gordo Valija. Son árboles de tilo, no de haya; desde lejos se distinguen por su aroma. Arboles de tilo, corrijo. En la casa, bastante descuidada, vive un anciano solitario. Apartado del camino, nada parece afectarle. El mundo ha pasado, ha tropezado con él, en una rara densidad. Cansancio de sí mismo, sí; y de un extraño orgullo silencioso que por su piel agrietada exhibe las cicatrices del tiempo. El viejo ha pretendido escapar definitivamente a las miradas y a los juicios de los otros. Uno de los cuartos de la casa está festoneado de libros. Las paredes, de abajo hacia arriba cubiertas, invisibles por la imperturbable carga de los anaqueles. En una esquina del cuarto una mesa de algarrobo, robusta, pero pequeña. Sobre ella, contornea sombras una displicente lámpara, interrumpiendo las penumbras. También sobre la mesa, un par de libros olvidados. Kierkegaard, dice Valija.
Kierkegaard, repito. Pero el anciano ya casi no lee. Sólo aparenta estar concentrado en alguna lectura cuando, muy de tiempo en tiempo, recibe visitas inesperadas. En cambio, escucha concentradamente la música incontinente de Bruckner. Con el oído casi pegado a la salida del equipo de audio, como si sufriera algún tipo de sordera. Sobre el equipo, una foto de Beethoven, clásica. Pero la música es de Bruckner, no Beethoven, dice Valija. El segundo movimiento de la novena sinfonía, confirmo.
La llegada de una mujer distante, la presencia inconveniente del hijo desvanecido, la dulce ruptura de la nieta efímera, son como huellas de animales salvajes que penetran en el cuarto. El anciano sabe que a él no puede pasarle nada: está casi muerto. Pero los demás todavía se aferran a pequeños espasmos de vida, exudando un olor a sangre descompuesta a lo largo de todo su cuerpo. Todos, menos él, transpiran ese golpe imposible del animal en celo. Es probable que en otros tiempos el anciano amara en silencio a la mujer de su hijo. O que sólo creyera haberse enamorado, convenciéndose. Ambas cosas le son ahora indiferentes. Las une el mismo desafecto conque sabe que después de la muerte de la mujer se quebró toda posible armonía. La enfermedad definitiva acumuló sustracciones de dolor. Al viejo lo condenó al silencio. Al hijo, menos dúctil ante las disoluciones, lo hundió en el desprecio de sí mismo. A la niña, la arrastró hacia los huecos de melancolía. El padre intuye que el hijo sólo conserva el hálito de un amor incestuoso, indebido, el único admisible. Por eso intenta sobornar a la nieta, alejarla de él. Como Beethoven hizo alguna vez cuando se convirtió en el tutor de su sobrino, apartándolo de su madre. Toda palabra es inconveniente, escandalosa. La nieta y el hijo están extremadamente distantes de las impetuosidades de Bruckner, de Beethoven. Su acallada lujuria evade los otoños y se extravía en las imposibilidades del amor, la prontitud de la muerte. Si hubiera que ajustarles una melodía, sólo alguna suite de Bach pudiera resucitarlos: la delicada Sarabande, para violonchelo.
La zarabanda fue un baile bastante erótico, salvaje, que se restregaba entre la nobleza del siglo diecisiete, dice el gordo Valija, inclemente. Parece que el propio Cervantes la censuró por sus cadencias de erotismo. Felipe II la prohibió en España.
El anciano, refugiado entre libros por siempre asesinados, aumenta el volumen de su equipo para arrancarle gritos a la sinfonía de Bruckner. Viven una sensualidad esquiva, piensa; igual que todas las personas que aún no se marchitan. Así, enfrentan al tiempo y sus vergüenzas. Se encierran en la lujuria, abandonándose a los fragmentos de una sexualidad desbocada. Subsisten como enloquecidos. Enterrados en una vida sensual, una vida de cuerpo, que ni siquiera enfrenta el deseo irreductible de querer respirar un poco, libremente.
Pero en ese punto de los pensamientos es cuando el anciano comprende que él es tan sólo tiempo acumulado y muerto. Pronto será despojado de todo espacio. Una angustia insobornable se le dispara por los orificios del cuerpo. Le brota por los poros, la nariz, las orejas, el agujero del culo. Si fuera capaz de salir a la calle, abandonando la casona y el moho, tal vez pudiera consolarse, desdibujarse un poco. Uno de nosotros, cualquiera, se apiadaría de su indefinible sollozo. Paciencia, le pudiéramos decir, paciencia... ya se le va a pasar. Ya se le va a pasar. Una mentira sin reparos. Porque sabemos desde siempre que nada se le va a pasar. Que los cuerpos de los ancianos apenas si conservan algún recuerdo amargo del dibujo de los vivos. Porque la vejez es esa cosa horrible, insobornable, con la que el cuerpo se desquita de nosotros por todos nuestros sueños indebidos.
por Bardamu a 11:14 AM
03/01/07
stirner
Como prefacio para El Único y su Propiedad, Stirner eligió una frase de Goethe: "Ich hab, mein Sach auf Nichts gestellt" (He fundado mi causa en la nada). La obra levantó apenas un poco de polvo entre la intelectualidad alemana de la época, pero mereció de parte de los jóvenes Marx y Engels una furibunda réplica en un libro que ambos escribieron y que tuvo, por esos años, mucha menos trascendencia que el de Stirner: La ideología alemana. La obra de Marx y Engels no fue difundida por entonces y su manuscrito fue “abandonado a la crítica de los ratones”.
A Stirner el reconocimiento nunca sobrevendría del todo y la mariposa del olvido siempre revolotearía sobre sus palabras. En cambio, con el paso de las décadas se ha reconocido a La ideología alemana como una profunda crítica de la filosofía alemana y, sobre todo, como el punto de partida desde donde se despliegan por vez primera los conceptos básicos del materialismo histórico, desarrollados en la parte inicial del libro. Sin embargo, es en los capítulos menos reconocidos del trabajo, en las críticas a Bruno Bauer y a Max Stirner, donde Marx y Engels (pero sobre todo Marx) despliegan sus más efectivas armas literarias, posibles de ser ubicadas entre las mejores páginas de toda su obra escrita, enarbolando magistralmente una exquisita utilización del antiguo arte de injuriar.
A Stirner la marea revolucionaria de 1848 le pasa por un costado, casi con indiferencia. Abandonado por su esposa, olvidado por sus amistades y enterrado entre las garras de la miseria pocos años después es encarcelado, no por actividades revolucionarias sino por deudas. Para escapar de sus acreedores, como Baudelaire cambia incesantemente de domicilio, diluyéndose bajo las sombras furtivas de las noche. Al final, la mariposa del olvido se convierte en un insecto fatídico que muerde impiadosamente su carne para causarle la muerte: “¿No retumba un crimen potente, orgulloso, sin respeto, sin vergüenza, sin conciencia, con el trueno en el horizonte, y no ves que el cielo, henchido de presentimientos, se oscurece y se calla?”
por Bardamu a 11:10 AM
26/08/06
huellas
por Bardamu a 9:27 AM
14/07/06
de las pequeñas miserias cotidianas
Algunas personas, igual que ciertos monos, tienen una especial inclinación a usar como proyectiles sus propios excrementos.
por Bardamu a 10:18 PM
13/05/06
lo bello verdadero
por Bardamu a 9:16 AM
22/03/06
adornos
por Bardamu a 1:21 PM
10/03/06
freud, entre el lujo y la miseria
En realidad, hay que decir que Freud gustaba del escamoteo. Ni siquiera inventó la palabra psicoanálisis. Del mismo modo, Marx no descubrió ni la alienación ni la teoría del valor trabajo, desarrolladas por Hegel la primera y por Ricardo la segunda, entre otros pensadores, antes que el iracundo moro de Tréveris apoyara en ellas sus plantas. Todavía más. Para espanto de los embanderados tras la propiedad privada de la palabra y la derecha de autor, Freud se cansó de meter mano, no siempre con guantes limpios ni citación fenoménica, en la tradición literaria clásica griega. Con Shakespeare fue todavía más contundente. Shakespeare obsesionó a Freud, que lo leía en inglés, al punto que algunos críticos como Bloom (nombrado para frustrar índices acusadores) afirman que toda la escritura freudiana no es otra cosa que Shakespeare en prosa. Constituye un juego de perverso comisario, a lo Lugones hijo, y de chandlerista de ministerio rebuscar en los escritos de Freud retazos de la palabra shakespereana donde la mención explícita del autor original vacila ausente. A veces las frases de Shakespeare pueden asomarse tras un gambito de torsión alucinante o detrás de alguna metamorfosis lingüística. En otras ocasiones, en cambio, el párrafo es literal y anónimo, embozado tras una no muy clara traducción desde inglés agonizante del mil seiscientos al alemán moderno del siglo veinte.
Y todavía, todavía más. Para sumo espanto del jesuitismo de autor, Freud sencillamente negaba la sustancia de Shakespeare como escritor. Como mucho, llegó a reconocer la posibilidad de existencia de un tal William Shakespeare en tanto actor de teatro, garabateador de comedias y comadradas ligeras. Pero insistió hasta el cansancio que las obras trágicas y la poesía atribuidas a Shakespeare habían sido escritas por otra persona: el conde de Oxford. Es posible que esta negación tuviera asiento –otra vez Bloom, reevocado para soslayar el escándalo- en el deseo freudiano de leer las grandes tragedias como revelaciones autobiográficas: un simple trajinador de la plebeya arena del escenario jamás podría escribir tragedias en las que se ponen en juego las pasiones de los reyes y los nobles.
Una mente menos sutil –del tipo de aquellas que en lugar de utilizar cubitos de hielo ponen directamente la botella de whisky en la heladera- podría afirmar, en cambio, que la negación del autor está íntimamente ligada al escamoteo impúdico de las frases. Así, Freud no sería otra cosa que un vulgar ladri ladrón. Mejor dicho, un genial y definitivamente maravilloso vulgar ladri ladrón.
Lo de genial y maravilloso corre por nuestra cuenta. Una añadidura más, como le agradaría pronunciar a uno que otro condenado en el espacio libre de la palabra. Pero para aquellos pacientes enjuiciadores de la Europa extraviada en la tragedia moderna, Freud era simplemente un mero estafador, sin espacio para otro adjetivo. Así lo proclamaban y lo empalaban en la sacrosanta justicia enceguecida. Y, junto con ellos, azuzándolos, elevaba la voz un coro abismal de moralinas ultrajadas: la alaridante bandada de viudas y teros desahuciados que suele aparecer en estos casos, como los caracoles asoman en el jardín después de un franco chaparrón, gritando con insólito espamento: ¡al ladrón! ¡al ladrón!
No se conoce, hasta el día de hoy, que alguno de aquellos enjuiciadores y recitadores improvisados de novenas y credos privatizados haya dejado siquiera un fragmento que valga la pena recordar para la ciencia o para el arte, fuera del que Freud les escamoteara. Poco importa. Su apasionada vocación de cortesana alborotada es más eterna que los astros (gambeta a la imputación: Blanqui). Desnacarados pero consecuentes, asoman de cuando en cuando, agitando su derecho a defender supuestos derechos... de propiedad. Siempre atentos y agazapados, a la espera de ser requeridos por la presunción de turno, salmonean su cotorreo al derecho ajeno. El derechito de los andrajos, que es el único al que responden.
por Bardamu a 6:49 PM
02/03/06
despedestalización
Con los monumentos y las estatuas sucede algo diferente. Sobre ellos, las vallas que los encierran aparecen como la expresión de cierta justicia póstuma. Involuntariamente -porque no ha sido ésa la intención de los gobernantes sino el acallamiento de los grafómanos de ocasión- el panteón granítico de la iconografía procerata acaba donde siempre hubo de estar en su carne y su uniforme: tras las rejas.
Sin embargo, como hace medio siglo viene diciendo el Viejo Maestro del Doke, todo este ditirambo de bronce y mármol deberá ser expuesto un día a un proceso irreversible de despedestalización. Las estatuas y monumentos nunca han sido otra cosa que un gasto infecundo con la única intención de crear el mito de una excelencia heroica adscripta a tradiciones infaustas, sin importar que las cualidades del candidato fueran mediocres, o no existieran o merecieran el cadalso en lugar de la memoria. Mucho mejor que cercarlos bajo el hierro habrá de ser un día tirarlos abajo, porque tales esperpentos estorban en parques y en plazas, atajando el sol a los niños y echando una sombra fúnebre sobre la conciencia histórica de las personas.
por Bardamu a 6:04 AM
31/01/06
la revolución es un efímero despertar
Un efímero despertar es la revolución
y muchedumbre espesa árchihija de olvidos fijos
rótulos idos perdidos qué
pérfidos intersticiales hijos qué
pretenden abolir-la capitalista suciedad qué
¡qué no! revolución lisístrata auto de termínada
qué arrastra la impúdica defunción de capital muerto
del trabajo vivo muerto muerto vivo muerto
(no todavía no, yó nó)
frunce de lógicas leyes naturales la urgente imposibilidad
preñada entre rambó y verléin danzando en culos al borde
de la comuna de la revolución
el pasado vacío nada inane flota como rey circunvoluto ré
y voluntarioso nihil revolucionario voluminoso
entre Hegel y Bucay apenas si asoman impuras mezcolanzas
tan obvia la revolución than ever tan qué qué es lo único qué
encadena en la pupila rebelde del orto huerto muerto qué
roto aborto qué estampa el beso ahí afuera
se espasma chorreante la revolución como estampida
urgente como estampón salambó blenorrágico
apenas un fulgor y una melodía la revoluta obvia qué
deseable puta de prosodia equivocada qué
prostituta del bastayá
cómo urge cuánto urge dónde úrge Hegel qué
negó el futuro el tiempo deniega Hegel
el pasado sin preguntar camina sin caminar
ni preguntar sin dónde sin caminar no camina ni pregunta
una infinita agó obvia obvia agonía fuera del planeta
entre las grietas gruesas fisuras subterráneas
formas ínfimas ¿volcanes? que regurgitan qué
vómitos sobre millones de abejas mutiladas
por Bardamu a 1:27 AM
21/01/06
época
Pero no hay significaciones: los ancianos se abrumaron en los laberintos de la subsistencia diaria, los hijos se diluyen calculando cuotas e intereses para el último automóvil. En medio, queda un tiempo que ya no puede agarrarse, que se sustrae a las miradas, a las certezas. Tiempo agónico que va estrechándose, como una fosa de colores.
Poco a poco hemos dejado de buscar. Extraviados para siempre en semejante vacío de vergüenzas nos reunimos desde lo más lejano, para nada.
por Bardamu a 10:11 AM
04/01/06
venganza americana
El tabaco –llamado así por error de los conquistadores españoles quienes confundieron el nombre de la planta con el artefacto en forma de tubo con que los indios la fumaban- era usado en prácticas rituales por los aborígenes centroamericanos desde aproximadamente tres mil años antes de cristo. Los mayas, aztecas y caribes consumían tabaco en algunas de sus formas: mascándolo, bebido como infusión, inhalándolo como rapé, tragándolo en forma gelatinosa. Sin embargo, fue la costumbre de fumarlo la que se convirtió en dominante en los rituales, probablemente porque el efecto estimulador del tabaco se expresa mucho más rápido a través de esa forma de ingestión y también por las características esotéricas propias del humo, al cual se le adjudicaban propiedades curativas, así como el poder de expulsar a los espíritus malignos.
No faltó un antropólogo exagerado, encarrilado obtusamente en la línea de Ameghino, que llegara a afirmar que en los años del arribo de don Pedro de Mendoza al Río de La Plata, los indios querandíes cultivaban tabaco en los meandros costeros de lo que luego sería el Dock Sud, tal como mucho después harían los descendientes de italianos en las quintas ribereñas de Sarandí con las plantaciones de vid para producir el famoso vino patero de la costa.
En uno de esos simpáticos libritos que suelen aparecer de tanto en tanto -y que jamás deben ser comprados pero que pueden ojearse de garrón y con premura en alguna cadena de librerías del centro de Buenos Aires, mientras se hace tiempo hasta la hora de la película- se da cuenta de cierta “breve historia cultural del acto de fumar”: de esa manera uno puede enterarse que dos tipos llamados Luis de Torres y Rodrigo de Jerez, integrantes de la tripulación de Cristóbal Colón, fueron los primeros europeos en fumar tabaco. Eso sucedió un 6 de noviembre de 1492.
El tabaco caribeño fue introducido gradualmente en Europa, especialmente recomendando para la curación de enfermedades, durante el siglo XVI, época en que la concepción de la salud aún se basaba fundamentalmente en la teoría de los humores heredada de Galeno y de la antigua medicina griega. La planta de tabaco ingresa en la magna Inglaterra durante la década de 1560 y alcanza gran popularidad hacia 1590. En Francia llega a mediados del siglo XVI de manos del embajador francés en la corte de Portugal, un tal Jacques Nicot. De allí derivará el nombre de nicotina. En pocos años, el tabaco derramará sus aromas y placeres por todo el continente europeo.
El exterminio y el despojo que sufrieron las poblaciones autóctonas americanas no será detallado aquí: para eso existen trabajos forjados con mucha seriedad como el de Todorov. Baste con decir que el genocidio cometido sobre los indios de América fue el mayor de todos las épocas y todos los lugares en el mundo. Los mayas todavía trajinan cargas a través de las montañas centroamericanas, fragmentados en más de veinte etnias diferentes. Los caribes y los querandíes dejaron de existir hace bastante más de un siglo. Con el sinuoso y embriagante humo del tabaco la tierra americana –tan poco pródiga de manjares- tuvo un incierto desquite involuntario: en pocos años convirtió a millones y millones de europeos en fumadores compulsivos o, lo que es lo mismo, los encaminó lánguidamente hacia el cáncer voluptuoso y hacia la muerte de los alvéolos alquitranados. Lo mismo hizo, sin piedad ni miramientos, con mestizos y criollos descendientes de europeos, en las castigadas geografías americanas.
por Bardamu a 10:40 AM
17/10/05
conjura
por Bardamu a 12:48 PM
29/09/05
tedios
por Bardamu a 10:46 AM
11/09/05
despojamientos
El arte del despojar.
No estamos solos: pero cada día hundimos el sustantivo en oquedades más implacables.
Al final, tal vez, la penúltima palabra se devore, lentamente, a sí misma.
por Bardamu a 7:17 PM
06/07/05
supervivencia
Soy un antiguo superviviente
que busca consuelo
entre la vorágine, los ruidos
de una avenida perforada en amantes;
huyendo
con desesperación de los camellos,
del silencio infinito
de prolongación a la muerte.
por Bardamu a 11:02 PM
22/06/05
minotauroamor
Leída en aquellos años de desgarramiento y arma, de sueño y pesadilla, Polvo y espanto (título de trece letras, como en todas las novelas de Arias) disparaba en la palabra el reflejo íntegro del enfrentamiento fratricida que conmovía adoquines y trastiendas. Leída hoy, a más de tres décadas y media de su primera publicación, la novela apenas si constituye un remedo ahogado, casi anecdótico, de un dolor difuso, extraviado. Es la novela de un escritor correcto. La obra sobresaliente de aquel que utilizó toda su vida la misma máquina de escribir, una Royal Quiet de Luxe, portátil y norteamericana y que podía entrevistarse casi al mismo tiempo con el escritor antifascista Alberto Moravia y con el arzobispo Makarios, presidente de Chipre, en alguno de sus incontables viajes por Europa.
En todo escritor correcto puede asomar el desliz que lo rescate del olvido. Una vez le preguntaron a Abelardo Arias quiénes eran sus autores preferidos: “sin duda elijo a Montaigne, Proust, Gide, Joyce y a nuestro Sarmiento”, dijo. Fue desde la lectura de Montaigne que Arias se cuestionó quién era en verdad más monstruoso: si el minotauro que asesinaba por naturaleza o los padres que enviaban a sus hijos en sacrificio por propia seguridad. Desde esa pregunta inicial Arias imaginó Minotauroamor, novela publicada cinco años antes que Polvo y espanto y conminada ahora a sobrevivirla. En Minotauroamor el desgarramiento y el dolor emanan de la conciencia más íntima. Es, como el mismo autor ha dicho, la tragedia de quien piensa y siente a pesar de las apariencias monstruosas.
Pero también es posible que esta novela de Arias, como la otra, no logre nunca escapar a un destino de anaquel inerte, de invocación esporádica en alguna reseña bibliográfica de ocasión. En tal caso, siempre podrá redimirse en una frase, un pequeño latigazo para la conciencia: “Yo soy un monstruo; tú eres puro. No sé cual de los dos es más peligroso”.
por Bardamu a 10:40 PM
05/05/05
pajarracos
Esta imposibilidad de plasmar en palabra aquello que la imaginación engendra sucede todo el tiempo, durante toda la vida. Si uno tiene, además, la vana pretensión de escribir, encontrará que lo que se arruga en el papel poco tiene de aquello que se vislumbró como genial en su destello y es apenas la destilación amarga, opaca, deshilachada de un pérfido ensueño. Una ojeada mezquina y apócrifa de lo inaprensible. Lo que fue seguridad deviene incertidumbre. El desenlace de escribir lo imaginado se vuelve amenazante como una vaporosa esquizofrenia sin posibilidad de auxilios.
Poco tiempo antes de morir, en uno de los últimos reportajes que le realizaron, Thomas Bernhard le aseguraba a Scheib que algo como esto constituía lo deprimente de ser escritor. Contadas veces se consigue expresar en el papel el asombro de lo que se piensa o imagina. La mayoría se pierde durante el traslado, en ese tortuoso sendero que va desde nuestra mente hacia la mano y desde ésta hacia la página. “Lo que llegas a plasmar –decía Bernhard- no es más que un pálido y ridículo reflejo de lo que habías imaginado. Esto es lo que más deprime a un autor como yo.”
La impostura de escribir niega las intenciones hasta la saturación. En el fondo, como el mismo Bernhard decía -y antes que él Samuel Beckett- se trata nada menos que de la consciente imposibilidad de cualquier comunicación por medio de la palabra. Pero intentar comunicarse habrá de ser siempre imperioso para el ser humano. Abandonar la palabra es inadmisible. Sin embargo, comunicarse verdaderamente es algo que “todavía no lo ha conseguido nadie”. Lo único que se alcanza es, a lo sumo, un poco de repugnancia y demasiado estupor ante semejante impotencia.
Entonces ¿para qué los escritores? Si uno tuviera que nombrar algunos pocos autores postbeckettianos por los que valga la pena sostener la bandera literaria, el pequeño grupo de esos escribas que saben que la literatura no tiene sentido pero que hacen que nosotros, al leerlos, le encontremos uno, la lista no sería muy extensa. En realidad, asombraría por lo breve. En esta reducida reserva de tenacidades no podría faltar W. G. Sebald, sin duda; Roberto Bolaño, tal vez. Siempre se trata de escritores ya muertos, porque es impropio escribir algo reivindicatorio sobre aquellos que todavía viven: a los vivos sólo es verosímil denigrarlos. Desde cierto abyecto localismo: Lamborghini (Osvaldo, jamás el otro) o Néstor Perlongher; y poco más. Un recuento vindicatorio de este tipo debe ubicar, sin vacilaciones, en el primer lugar a Thomas Bernhard, probablemente el más destacado de todos. El que veía el mundo como un gigantesco catafalco. A quien los arrebatos de la desdicha empujaron hacia un hastío asiduamente renovado: “la realidad es que lo que expresamos, escribimos, es diez veces más tonto que lo que pensamos”.
Fue Sebald, el más melancólico de los escritores postbeckettianos, quien rescata en La descripción de la infelicidad (que algunos, con escasa puntería, entienden como la búsqueda de la infelicidad) la impronta satírica que permite a un escritor llamado Thomas Bernhard escapar a la paranoia y al reaccionarismo político por medio de la obra literaria. Sebald refiere en su ensayo otra entrevista a Bernhard en la que se le pedían explicaciones al escritor austríaco nacido en Holanda sobre su reiterada afirmación de que las familias con niños le resultaban sumamente repulsivas y que habría que cortar las orejas a todas las madres. En la respuesta, reconociendo haber cometido el absurdo de decir algo, la artificialidad de pronunciarse por una idea, Thomas Bernhard expresa, como al descuido, la razón primera del hacer de la literatura, la justificación más consoladora del traicionero acto de escribir:
Eso lo dije porque es un error que la gente crea que trae niños al mundo. Tienen adultos, no niños. Paren un posadero sudoroso, asqueroso y barrigón, o asesinos múltiples, no niños. La gente dice que va a tener un mocoso pero en realidad lo que tienen es un viejo de ochenta años, que se mea por todas partes, que apesta y está ciego y no puede casi moverse por causa de la gota. Eso es lo que traen al mundo. Pero lo niegan o niegan comprenderlo, para que la naturaleza pueda salirse con la suya y esa mierda pueda continuar. A mí me resbala. Mi situación es la de un grotesco –no quiero decir papagayo, porque sería ya demasiado- pajarraco alborotador. Evidentemente puede hacer algún ruido y luego desaparece y se va. El bosque es grande. La oscuridad también. A veces hay un pequeño pichón que rompe las bolas. Yo no soy más que eso. Tampoco quiero serlo.
por Bardamu a 11:48 AM